Últimos segundos

Eran las dos de la madrugada, estaba leyendo El visitante, de Stephen King, y se estaba muriendo de miedo. Secuestró a Bobby, un gato tan viejo que no se molestaba ni en cazar el ratón que merodeaba la casa desde hace días, pero su calor y sus ronroneos la aliviaban un poco. 
Casi le da un ataque al corazón cuando la alarma de un coche aparcado en la calle empezó a sonar. Saber de dónde venía el sonido no la tranquilizó mucho más. ¿Y si alguien lo estaba robando? ¿Debería llamar a la policía? O peor aún, ¿y si era el monstruo del libro, que viene a por el sufrimiento de sus lectores como en las películas japonesas? Quería ir a asegurarse de si el cerrojo estaba echado, pero, si se levantaba, Bobby se iría molesto y no podía permitirse estar completamente sola. Había pensado irse a dormir pero estaba aterrorizada; además, las escaleras para ir a su cuarto hacían volar su imaginación. 
¿Y si estoy subiendo y aparece algo, me caigo de espaldas y me rompo el cuello? ¿O consigo subir pero cuando abro la puerta está el monstruo ahí y ya no tengo escapatoria? ¿O y si...? 
¡PLAH! Oyó desde el salón. No estaba sola en casa pero obviamente nadie estaba despierto. Ni siquiera Bobby se inmutó. Como si fuera un escudo protector, aferró el gato al pecho y echó a andar hacia la cocina. Encendió la luz, pero no había nadie. De pronto, se acordó de las trampas para ratones que su compañero había puesto y las fue a revisar. 
Todavía movía la pata que no estaba atrapada, puede que fueran espasmos involuntarios o que aún estuviera intentando escapar; sus ojos como platos, negros y vidriosos. 
De alguna manera, se sintió llena de culpabilidad. Ahí estaba ella: grande, libre, ajena a la muerte. Allí estaba él: minúsculo, inmovilizado, ejecutado. Se preguntó qué estaría pensando mientras vio escapar sus últimos segundos de vida. Lloraba sin parar. Cogió la trampa y con cuidado liberó el diminuto e inerte cuerpo del ratón. Salió con él al jardín y lo dejó en un esquina de la valla; pensando que al menos algún animal callejero se lo comería. Fue a la cocina, regresó con una gran almendra y la colocó encima del animalito a modo de ofrenda. 
"Lo siento".
Lloró unos minutos más y se fue a su cuarto, olvidándose de que diez minutos antes no quería ni asomarse a las escaleras. Ya no le tenía miedo al monstruo, porque el monstruo era ella. 

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