El universo tiene la culpa

Tengo hambre, me pica la rodilla y el ordenador se ha quedado pillado. Otra vez. 
Ha pasado una semana y media desde que me rompí el menisco y estoy que me tiro de los pelos. Para ser un huesecillo tan pequeño, se lo han pasado de maravilla poniéndome la escayola desde el muslo hasta los dedos del pie. En mayo. Con la calóh. Todo porque le fui a dar una patada al balón y el universo pensó que sería divertido jugar conmigo. 
Me levanto a las once de la mañana, me pongo el pijama o chándal y con las muletas voy a trompicones hasta el salón, donde me apalanco en el sofá hasta la noche. Ir al baño es una odisea, así que procuro no beber mucho, y he desarrollado una técnica para rascarme debajo de la escayola con un matamoscas, pero si quiero alguna otra cosa, dependo enteramente de mi padre. Con suerte trabaja desde casa, pero no es cuestión de molestarle cada dos por tres. Así que en cuanto me dejo caer en el sofá, y mi pierna está en posición, me da el portátil, un libro y el desayuno. Cuesta creerlo, pero echo de menos ir a clase. En dieciséis horas horas de inmovilidad hay mucho tiempo para aburrirse. Se supone que tendría que estar estudiando pero el médico también me dijo que me lo tomara con calma. Creo que el peor contra es que el culo se me está quedando plano y de aquí a que pueda hacer ejercicio, se me va a meter para dentro... ¡Aaaaah, pica, pica, pica!
-¡Papáaa!
-¿Ahora qué?
-Me pica la pierna pero no sé dónde está el matamoscas, ¿me lo puedes buscar?
-De acuerdo... Toma. 
-Y ya que estás, ¿me podrías traer un poco de zumo, unas tostadas y arreglar el ordenador; se ha vuelto a colgar?
-Hija, no te acerques nunca más a un balón, te lo pido por mi salud mental. 

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