La bolsa

Ramón se encontraba tan solo, que su estornudo retumbó por todo el pasillo. Como todos los días a las cinco de la mañana, se levantaba, vestía la túnica y cruzaba todo el palacio episcopal hasta la iglesia para rezar sus oraciones. Una vez terminadas, se dedicaba el resto de la mañana a limpiar. Esta vez, preparándolo todo para la llegada del obispo y el resto del clero de su viaje a la capital, al "XVIII Congreso Anual de la Biblia: la novela del corazón". 

Ramón no era realmente religioso; vivía en el palacio porque su madre, que sí lo era, lo había mandado ahí hasta que "Dios le librara de sus ladillas de una vez por todas". No sabía si era por todas las cosas que dejaba por medio, por echarse siestas en la hora de la oración, por sus ruidosos estornudos, o porque le gustaba llevar entre su largo pelo una cucaracha llamada Peter, pero no le caía muy bien al clero. Así que cuando podían, lo mandaban a cuidar el jardín más lejano con la esperanza de que se quedara allí todo el día. 

A Ramón le llamaban tonto en todos lados. En el pueblo solo lo verías hablar unos segundos con la gente para luego cada uno marchar por su lado. Pero cuando su madre lo mandó al palacio, tenía varias visitas todos los fines de semana. Los monjes no lo entendían: la gente venía con cara de angustia y después de media hora con Ramón, se marchaban contentos y con promesas de volver otra vez. Un día le preguntaron cuál era su truco. "Muy simple, les enciendo algo de incienso y me hablan de sus vidas en el pueblo". En su mano, Ramón tenía unos cogollos secos que ellos jamás habían visto. Les dijo que crecían en el jardín que él cuidaba . 

Había pasado ya un año desde que Ramón fue a vivir al palacio y había hablado con su madre para volver a casa. Que había encontrado su camino. Ella, convencida de que era verdad, aceptó y le dijo que iría a recogerlo al día siguiente. 

Eran las nueve de la mañana y Ramón estaba esperando a la puerta con su maleta grande, su mochila y una bolsa de la basura. Su madre llegó y bajó para ayudarle con las cosas. El obispo salió a despedirse. A lo lejos empezaron a oírse sirenas. Los tres quedaron mirando al camino con los ojos como platos cuando dos coches de policía aparcaron en frente de ellos. Puertas de ambos coches se abrieron y policías se atrincheraron detrás de ellas apuntando a Ramón con las pistolas. 

Ramón levantó las manos al aire y cuando la bolsa de la basura cayó, cientos de cogollos se desparramaron por el suelo. Su madre lo observó perpleja; por unos segundo cambiando miradas entre el obispo, los policías y los cogollos. Finalmente miró a Ramón y le pegó la colleja de su vida. 

-¡¿Qué has hecho ahora?!

Amén.

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